Mary Leakey

El Sol tiene el tamaño de un pie humano (Heráclito)

En 1871, Charles Darwin escribió la siguiente frase premonitoria: es muy probable que nuestros primeros progenitores vivieran en el continente africano. Hoy sabemos que las tierras bajas de la región de Afar, en las negritudes del África oriental, fueron nuestra cuna. Aún conservamos en el organismo los átomos de azufre de los volcanes del Rift y las moléculas de agua del Nilo Azul. Los primeros indicios de este pasado africano los desveló una pizpireta paleoantropóloga llamada Mary Leakey, un siglo después de la publicación del Origen de las Especies.

 

Mary Leakey nació en Londres el 6 de febrero de 1913 en el seno de una familia nómada y cosmopolita. Su padre fue un conocido pintor de acuarela que viajaba continuamente por el mundo en busca de paisajes. Mary tenía once años cuando visitó la famosa cueva de Cromañón, que despertó en la niña un gran interés por la antropología y la Prehistoria. Tras morir su padre en 1926, Mary regresa a Londres para comenzar una escolarización tradicional que, inevitablemente, fue un rotundo fracaso. Esta mujer, que en su vejez llegó a atesorar nueve doctorados Honoris Causa, apenas tuvo formación académica; tan solo asistió a unos cursos de geología y arqueología que le permitieron abrirse camino en el universo de las expediciones científicas de la época.

Curiosamente, las dotes de Mary para el dibujo, heredadas de su padre, le abrieron las puertas. Fue otra mujer, la Dra. Gertrude Caton, quien le propuso ilustrar uno de sus trabajos sobre un área fosilífera situada al norte de Egipto. Y así fue como la joven Mary quedó definitivamente atrapada por el indómito continente africano. Allí encontró también a su gran amor, Louis Leakey, el hijo de unos misioneros establecidos en Kenia que ya destacaba por sus trabajos paleontológicos. Se casaron en 1936, formalizando una pareja que escribió las páginas más brillantes de la Ciencia sobre la evolución humana.

 

La mañana del 17 de julio de 1959, en la Garganta de Olduvai (Tanzania), Mary identificó entre los sedimentos los magníficos restos de un humano fósil. Este muchacho, muy diestro en la fabricación de aparejos, tenía la friolera edad de 1,75 millones de años. El Homo habilis se mostró al mundo con un gran despliegue mediático, comenzando así un reparto de papeles a la vieja usanza.

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Mientras Mary quedaba a cargo del yacimiento, trabajando de una manera constante, discreta y rigurosa, Louis se dedicó a viajar por el mundo como la estrella científica del momento. Los Leakey consiguieron seducir a la National Geographic Society, que se convirtió en mecenas de las excavaciones africanas.

En 1972, tras la muerte de Louis, Mary quedó definitivamente al mando de la investigación. Esta etapa destaca por su enorme producción científica, por su interés en la formación de expertos locales, y por asentar las bases de una metodología de trabajo de campo que han seguido las generaciones posteriores.

 

Rozando la vejez (1978) le llegó el gran hallazgo de su carrera: las primeras pisadas humanas; el rastro del mono curioso que se bajó del árbol para caminar erguido sobre la Tierra. Las huellas de Laetoli estaban impresas sobre las cenizas volcánicas del Ngorongoro (Tanzania). El Australopithecus afarensis, nuestro antepasado remoto, hizo de Mary Leakey una leyenda universal.

         

Texto: Rosa María Mateos

Ilustración: Nivola Uyá

Las cenizas de Marie Leakey duermen esparcidas sobre las ardientes tierras de Olduvai, al arrullo de nuestros ancestros

Mary Leakey (1913-1996)