Katia Krafft

Vida (y muerte) al borde del volcán

La majestuosidad de los volcanes ha cautivado a todas las culturas desde tiempos inmemoriales. No en vano, han protagonizado multitud de mitos y leyendas que pretendían dar algún sentido a su pavorosa y letal belleza. Katia Krafft no fue inmune a esa atracción y su osadía al acercarse a ellos nos ha proporcionado un legado científico inigualable. 

 

Katia Conrad nació en la región francesa de Alsacia en 1942. Durante su adolescencia devoraba todo lo que cayera en sus manos sobre volcanes. Sus padres, una maestra y un obrero sin relación alguna con la geología, la llevaron de viaje a Sicilia para que saciara su sed de estos grandes colosos viendo el Etna, el Estrómboli y el Vulcano. Estudió en la Universidad de Estrasburgo, donde se especializó en física y geoquímica. Curiosa y metódica, su primer trabajo científico le brindó reconocimiento como joven promesa de la vulcanología. En esos años conoció a quien sería su marido y compañero, Maurice Krafft; un geólogo que, como ella, había crecido soñando con volcanes. A partir de aquí, sus trayectorias personal y profesional se hacen indisolubles.

Katia y Maurice dedicaron su vida a viajar a cualquier lugar del mundo ante el mínimo indicio de erupción inminente. Cámara en ristre, fueron pioneros en fotografiar y filmar volcanes a poca distancia de la lava. Eran conscientes de que su pasión por los volcanes eclipsaba por completo su percepción del peligro. Como si fueran atraídos por hechizantes cantos de sirenas, se acercaban sin reservas a un peligro del que cualquiera huiría sin dudar. A veces, decían, no podían grabar y todo lo que hacían era quedarse quietos, hipnotizados por el calor y la lava que desprendían. Tachados de extravagantes en sus inicios, erupción tras erupción, sus reportajes comenzaron a despertar mayor interés entre la comunidad científica, público y autoridades.

 

A pesar de que las muestras de gases y rocas que tomaban permitieron desarrollar investigaciones relevantes, fue la divulgación de ese conocimiento lo que hizo a los Demonios del volcán cada vez más reconocidos.

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En los últimos años, trabajaron en el diseño de campañas de información sobre el riesgo volcánico y en el desarrollo de dispositivos de alarma y auxilio. Su documental sobre las devastadoras consecuencias de la erupción del Nevado del Ruiz (Colombia, 1985) sirvió para convencer a las autoridades Filipinas, en 1991, de que la evacuación de la población era necesaria ante la inminente erupción del Pinatubo, salvando miles de vidas.

Ese mismo año despertó el Monte Unzen tras más de dos siglos de letargo. Como era habitual, Katia y Maurice lo dejaron todo para viajar a Japón y filmar la que calificarían como “la erupción más peligrosa que habían visto en su vida”, y ya habían sido testigos de más de 150 en sus 25 años de carrera. Pese a su experiencia y precauciones, no pudieron evitar que una nube ardiente de gases, rocas y cenizas les envolviera en cuestión de segundos. Fallecieron junto a otro vulcanólogo y cuarenta periodistas que cubrían la noticia de la erupción. Aunque ante nuestros ojos su final pueda parecer trágico, los Krafft murieron como eligieron vivir: juntos y “cerca de un cráter, sintiendo su calor en la cara”.

Texto: Ana Ruiz Constán

Ilustración: Nivola Uyá

“No es que coquetee con la muerte, a estas alturas no me importa, está el placer de acercarse a la bestia pese al riesgo de que te pueda atrapar”

Katia Krafft (1942-1991)